domingo, 8 de mayo de 2011

A mi mamá

No recuerdo absolutamente nada de cuando nací pero me contaron que fuiste tú la que me tomó en sus brazos para después llorar. Tu no sabías que hacer conmigo, eras mamá primeriza y yo era tu experimento.

De verdad los recuerdos que tengo de cuando era bebe son solo de relatos: me dicen cómo te levantabas cada madrugada para responder a mis sollozos; de como quemaste mis chupones porque no sabías como lavarlos; de como más de una vez me caí al suelo y tu corrías a socorrerme; imagino que fueron esos los instantes en los que entendí que tu eras mi superheroina, la que respondía a mis urgencias, la que aplelaba a mi cariño.

De más grandecito, apenas unos años después de aprender a caminar, a balbucear, mi abuela me hablaba de ángeles y seres raros que estaban ahí para protegerme, nunca pude imaginarlos diferente de ti mamá: tu eres la única que estuvo siempre a mis espaldas.

Seguí creciendo; ahora ya no quería comer: fue aquí cuando conocí tu autoridad. Los platos de comida nunca quedaron llenos cuando tú estabas a cargo de mi alimentación. Tu fuiste la que me enseñó lo deliciosa que es la comida, y aun mas si tiene impregnada la sazón de tu cariño.

Ya de niño me enviaste en contra de mi voluntad al colegio. Me vestiste de uniforme, me preparaste la lonchera, ataste mis zapatos y con un beso en la frente te despediste de mí. Por primera vez no te iba a tener al lado mío todo el día.

De a poco me fui a acostumbrando a las clases; no dolía tanto al saber que tu estarías en casa esperándome, siempre con un abrazo escondido entre los brazos, pero incluso extrañarte me hacia bie,: entendí lo mucho que me hacías falta.

Lo malo de crecer es que mientras aprender a atarte los zapatos por ti solo, los regaños son mucho más frecuentes. Cada vez hacia más cosas mal: no estudiaba y me regañabas, me quejaba de lo que cocinabas y ahora entiendo que no te dolía el hecho que no comiera, si no que ya no disfrutaba de tu sazón de madre. Yo era ese ingrato.

De adolescente, tú, mamá, parecías querer hacer la vida de un joven imposible: me prohibiste las cosas más insignificantes y me regañaste por mis actitudes más idiotas. Para un niño lo más cercano que uno tiene a esa figura de hombre invisible en el cielo, es su madre, y cuando creces es como si quisieras perderle la fe: no la entiendes.

Pero por cada regaño había un consuelo, un abrazo que esperaba a consolarme en cada derrota, en cada pena, en cada victoria que me festejaste: tú nunca me perdiste la fe.

Para entender a mamá uno tiene que haber crecido lo suficiente, no en tamaño si no en conciencia, como para entender que ellas lo saben todo. Los regaños no eran si no advertencias, una forma de protegernos de todo aquello que sabían que nos lastimaría. Más de una vez hicimos caso omiso y por eso llevamos esas cicatrices en el espíritu, cicatrices que la mamá estuvo pendiente de ayudar a sanar.

Por eso te lo dedico mamá:

Si tú me faltas yo ya no quiero saber del mundo,
que apanguen el sol y bajen el telón del show
que es este mundo.

Que drenen lo mares y enrollen los
campos; si tu no estás yo no quiero saber
que será del mundo;

todas mis razones yo te regale a ti,
tu no eres solo una mujer, eres mi símbolo,
eres mi santa, eres mi imagen, lo eres todo;

Mamá, que me cubriste cuando hubo frio,
y apaciguaste al monstruo de la fiebre,
que tendiste y guardaste mis calcetines y
tuvo tanto platos de comida como
abrazos listos,
la que se enorgulleció de mis derrotas
y me aplaudió mis triunfos,
a ti son todo los versos
y de ti es este mundo,
que no me faltes,
tú, mi viejita.


(a la señora Gina)

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