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domingo, 17 de junio de 2012

Tetas

El mundo seguirá rumbo al fracaso mientras la publicidad y la prensa, los canales de televisión y los padres de familia se vean obligados a encontrarle sinónimos a la palabra "tetas". Nadie quiere aceptarlo, pero el mundo entero está obsesionado con las tetas.

Dígale chichis, busto, mama, pecho, 'bubis' (para los más imbéciles), lo que usted quiere decir es tetas: acumulaciones de grasa sobre la cavidad torácica de la anatomía femenina que han sido responsables de más discusiones de pareja, choques e impúdicos pensamientos que cualquier otra parte de la anatomía. 

Irónicamente, las mujeres se toman el tamaño del busto a pecho. Para ellas hablar de tetas es casi tan complejo como para los varones hablar de su pene. Las mujeres se acomplejan por el tamaño de sus pechos, sufren por no tener más o por no tener dinero para ponerse más. Lo que ellas no entienden es que, pequeñas o grandes, y aunque haya algunos hombres que digan tener preferencia, tetas son tetas y para nada sirven. 

Sí, hay pocas cosas ta bonitas en este mundo como un par de 'chichis' (discúlpenme la grosería), que ven la luz a través de un escote. No lo digo como morboso, machista o nada por el estilo, solo digo lo que todos pensamos. De hecho, no importa que frente a usted, señorita, se encuentre el caballero más cabelloroso que conozca, si usted va con un buen escote, nada decente cruzará por la mente de tal hombre. Se lo garantizo.

Pero volvamos al punto: las tetas son inútiles (al menos socialmente). Las hay planas e inexistentes, con algo de relieve pero incapaces de hacer sombra, hay de las que hacen sombra y de las (favoritas de García Marquez) que caben la palma de la mano; las hay de las medianas y firmes (pero también las hay aguadas), así como grandes y bien puestas (como también aguadas); las hay gordas y enormes, caídas y viejas; incluso hay amorfas.Tetas hay para todos los gustos pero sin ningún propósito. 

Alguna vez escribi sobre la fascinación mórbida de los hombres por las nalgas femeninas, en este caso, no así como con las tetas, llegué a la conclusión de que su función era el de proteger la cavidad anal; hablemos claro, la nalga sirve para defecar pero que increíblemente nosotros le habíamos encontrado el gusto a la carne que se acumula debajo de la cintura. Con las tetas es distinto, ellas están ahí para ser aprovechadas por la cría que la portadora de las mismas engendre; esa cría succionará la leche materna de aquellos pechos, son para él, no para nosotros, lo que lo hace aún más bizarro. Las tetas sirven para un propósito completamente distinto que para el que la sociedad les ha dado. 

Lo que emputa del asunto es nuestra respuesta animal ante estos bultos de grasa sobre el pecho de una mujer: bajamos la velocidad en el tráfico para poder contemplarlas, tomamos fotos al 'lindo paisaje' para poder después hacer zoom en la gráfica donde aparecía esa chica de pechos grandes; somos incapaces de configurar pensamientos coherentes cuando tenemos un par de estas adelantes. Somos unos idiotas. Andrés Borbor lleva años poniéndonos a voluminosas mujeres de amplio pecho en la publicidad para seamos incapaces de cuestionarnos lo exorbitante de los precios que nos toca pagar por cada llanta que le compramos; las tetas son el recurso más bajo de la publicidad subliminal. Aún así caemos.

Yo entiendo que nuestro fanatismo por los pechos nace de una necesidad biológica por encontrar una pareja que sea mucho más capaz de reproducirse que otra (tal cual comportamiento animal), pero tanto la publicidad como las mujeres han encontrado la forma de utilizarlas para hacer lo que desean: los unos para vendernos un producto, las otras para hacer lo que deseen de nosotros. ¿No me cree? Analíselo y recuerde cuantas veces le ha cedido el puesto, comprado una cerveza y se ha reído de los malos chistes de una mujer con tetas grandes. Haga el mismo cálculo para las de busto pequeño. De nada. 

Pero aunque uno analice, razone y le de mil vueltas al asunto; por más que entiendas y comprendas que las tetas son para los bebés y no para los adultos; sin importar cuanto discurso feminista, charlas anti acoso sexual y\o discurso de pudor nos dicten, acá, hombres y mujeres reaccionaremos siempre de la misma forma: las damas envidiarán a esas señoritas que a los 60 años tendrán problemas de columna, las llamaran perras por haberse ganado la lotería genética y ellas no; los hombres, por nuestro lado, nos idiotizaremos y nos reiremos de sus malos chistes con tal de tener un par de segundos más para contemplarlas, a las tetas digo, no a las mujeres. Así de imbéciles somos. 

Y aquí la desgracia más grande de una mujer de senos grandes: ella nunca sabrá si es que los hombres la encuentra interesante para conversar o simplemente la están morboseando. De nada. 

miércoles, 30 de mayo de 2012

Las bobas están más buenas

Lo interesante de ir a un gimnasio es que la gente en realidad cree que está haciendo algo productivo. En sus miradas se nota esa concentración, ese instinto de superación patrocinado por Nike y Adidas y cultuvado bajo el ejemplo de Cristiano Ronaldo. Lo curioso es que estos centros para 'cultivar el cuerpo' están llenos de logros de la ingeniería, repletos de aparatos que fueron creados bajo los mismo conceptos que sus usuarios desconocen. Por ejemplo las poleas de las mancuerdas asistidas o los apoyos para ejercicios como el hércules. ¿Cómo lo sé? Porque yo soy esa clase de hipócrita que reniega de todos los lugares a los que ha ido.

Pero si hay algo de lo que es imposible quejarme en los gimnasios es de las mujeres que van. Seamos sinceros, están bien buenas. Ellas de paso tienen la insensatez de ir en licras ajustadas, tops diminutos, atuendos que no dejan que las ignoremos. Pero están ahí solo para verlas, no para hablarles, porque si abren la boca se joden; son incapaces de expulsar un solo pensamiento congruente, interesante o siquiera consistente. Tampoco es que ellas se mueran por hablar conmigo, no les voy a mentir.

Toda mi vida he ido a gimnasios, de joven porque me creía deportista y ahora en la 'adultez' (nótece las comillas) para no convertirme en Manuel Uribe. Detesto estos lugares pero entiendo que son males necesarios. Tampoco es que le dedique todo el tiempo del mundo, a duras penas una hora, lo suficiente como para no acumular grasas. Tampoco me sirve de mucho (adoro la Coca Cola). ¿Por qué la necesidad? Simple, porque ¿han escuchado ese dicho 'lo que no mata engorda'? Pues bien, engordar es un suicidio social y sexual, así que muerte en fin (y yo no quiero ser un cadáver, al menos no en lo segundo).

Si hay una constante en los gimnasios que he visitado son la mujeres buenas, féminas que desbordan tinte de cabello y carecen de tanta grasa como de sentido común. Uno entra en un dilema endocrinal al no saber si babear por ellas o sentirles lástima. No son mujeres 'de verdad'. Sí, tienen tetas, nalgas, y su aparato reproductor acorde con su sexo, pero son un producto de la publicidad, productos de las cremas para el pelo, las bebidas light, los libros de motivación de Paulo Coelho, Cuauhtemoc Sánchez y los videos de reguetón.

Porque las valientes están construyendo casas para los desamparados, viajando en misiones a países miserables para darle de comer a los niños con barrigas llenas de bichos; las mujeres de verdad están en los campos de batalla, con cámara en mano, dando testimonio de las atrocidades capaces de cometer por su sexo opuesto; las mujeres de verdad están en un laboratorio, encontrando la forma de curar el cáncer; las hembras son las que se quedan sin nalga por tantas horas que pasan sentadas trabajado, intentando ver como se hace del mundo un lugar mejor. Las mujeres de verdad están a punto de configurar el pensamiento, obra y verso que cambiara el planeta.

Pero así como aceptamos que las del gimnasio están bien buenas, hay que ponerse la mano en el pecho y admitir que las misioneras y demás valientes no cumplen con los cánones de la belleza, al menos no con el de las revistas. Ellas son tan inteligentes que sortearon la necesidad inicua de una facha de fiesta por la comodidad del uniforme, de la prenda holgada, los zapatos de caucho y el short caqui con bolsillos en todos lados. Para ellas no hay peinado, solo un moño que evita que el cabello les atraviese el rostro y entorpezca su trabajo. Yo me enamoro de solo saberlo.

Aún así cometemos el error de ignorarlas, a las mujeres de verdad. Nosotros nos ponemos a babear por las del gimnasio, por las que organizan esas carreras benéficas, esas en las que los seudo deportistas participan para limpiar su conciencia. Ellas correrán 5km en contra del hambre, porque están dispuestas a hacer todo por curar la enfermedad, menos estudiar para encontrar el remedio.

Uno es visceral al respeto, piensa con las gónadas y reacciona más rápido ante un par de nalgas redondas que ante el esfuerzo incansable de una trabajadora empedernida. Los hombres somos imbéciles, no hay nada que hacer. No nos culpen, estamos programados para esto, en especial cuando (inconscientemente) nos sentimos intimidados por su inteligencia, y también porque las bobas están más buenas.

Porque cuesta admitirlo, entre la genio desgarbada sin gracia (pero valiosísima) mujer que cure el cáncer y la barbie que confunde el amazonas con una montaña, uno siempre se querrá comer a la muñeca 90-60-90 de ojos azules y cabello tinturado que asegura que Guantánamo es bonito lugar para pasar las vacaciones. 

martes, 15 de mayo de 2012

Estoy bien

Sigo sin entender la muecas en las fotos. Tampoco entiendo las sonrisas y mucho menos esa manía hereditaria de en una época en donde el flash y el obturador se mueven hasta en un 36,000avo de segundo, siguir posando. Pero concentremos en la mueca.

En Internet existe incluso un término (la duckface) para esta infame protuberancia labial que las mujeres hacen cuando posan para la cámara. Me repugna, me enferma, me emputa. Normalmente la mujer que hace esto tiene algo que ocultar: un rostro amorfo, su inseguridad, los cachetes y resagos de una gordura no deseada, y otro poco de condiciones femeninas. Porque las mujeres son expertas en ocultarnos las cosas. 

El otro día, el de las madres, caminaba por un mall y de lejos cruce mirada con una ex, no una ex de esas a las que uno llama borracho cuando está despechado, sino una de esas ex fugaces a las que no les vuelves a dirigir la palabra porque simplemente viven en un perpetuo estado premestrual. Ella andaba con una nueva víctima de su sistema endocrino, y para que, hasta antes del cruce de miradas se la veía feliz. 

No fue sino hasta que ella alcanzó a divisar que yo la estaba viendo que forzó para que la felicidad le brote por el rostro. Apercolló por el pescuezo a su pareja mientras posaba su cabeza en esa cuenca que se forma entre el hombro y el cuello de las personas. Luego volvió a alzar la mirada y le dio un pequeño beso en el cachete al tipo que la acompañaba. Ella quería decirme, de forma obvia pero no verbal, que estaba bien y que mi fugaz paso por su vida hace tantos años no la afectó. No le creo, en especial cuando casi me vi obligado a cambiar de número por la insistencia de sus llamadas. 

De alguna forma sus gestos eran una mueca que disfrazaba todo ese odio que ella siente por mi. Ella deseaba que la vea feliz, que la vea sonriendo porque es verdad, de todas las frases trilladas que rondan el universo de los seudo poetas de las redes sociales la única que tiene casi tiene la razón es: "no hay mejor venganza que tener una buena vida". 

"Estoy bien", nos repetimos una y más veces después de pasar por un exabrupto amoroso. Se lo decimos a nuestros amigos, conocidos; lo vitoreamos en las redes sociales y si pudiésemos pagásemos para poner un cartel en plena avenida 9 de Octubre con una cara sonriente y un mensaje "estoy bien", para que todo el mundo se crea lo que nosotros no. 

Las expertas en este asunto son esas adolescente reguetoneras que descubrieron el Twitter y envían indirectas a todos sus ex y conocidos de como cada tres meses superan al "amor de su vida" de turno. Las "más maduritas" en cambio se toman fotos en cada discoteca, antro o bar al que van con sus amigas y pegan el grito al aire por la superación de tal o cual fulano del que cada fin de semana descubren no debían haberse enamorado. Ya cuando pasan de los 25, solo las cortas de cerebro (normalmente amplias de maquillaje y silicona) siguen con estas practicas de "superación auto infringida" a través de indirectas. Lo malo es que son demasiadas. 

Quizás este post suene muy sexista por el hecho de que me le cargo al genero femenino pero ellas tienen también que darse cuenta que cuando de inmadurez sentimental se trata, las hormonas las hacen cometer una serie de cagadas que la mayoría de hombres no hacemos (acá es donde brindo por nuestro primitivo sistema endocrino). El problema es que uno sufre, directa o indirectamente, por todos estos cambios de ánimo y peyorativos a la raza. 

De alguna forma hay que aprender a dejar de poner esa "duckface" social, dejar de convencer al mundo de que el "estoy bien" es verdad. Que se cuelguen del cuello de un desconocido, que pongan fotos en los perfiles de lo feliz que están con el nuevo que encontraron, que escriban lo felices que son y nos lo obliguen a saberlo solo dice una cosa: aún se te mueve el piso por ese que tanto odias, y no engañas a nadie. Carajo.