miércoles, 14 de diciembre de 2022

Impotencia lúdica

Soy un comemierda profesional. De los que carga esa figurativa cuchara de plata para ir atorándome de bocados de mierda por cada cosa que me suceda, o lo suceda al mundo. 

Soy capaz de sufrir por todo y casi nada me entretiene. 

Mi vida, aunque con privilegios, la siento abúlica; y no por carente de sentido, sino porque en serio no logro lucrar de lo que me gusta. Y sí, acá estoy describiendo a más del 95% de la población mundial que tiene que conformarse con tener algo para comer, que dedicarse a perseguir pasiones. 

Detesto casi todo, y no disfruto de casi nada. 

Mis sábados por la noche son de pasar frene a una televisión viendo películas que no disfruto junto a una mujer que amo y me dejó pasar el resto de sus días junto a ella. De las pocas cosas donde la vida me sonrió, porque cualquier otra mujer ya me hubiese dejado. Por aburrido. 

Quizás nos amamos porque tenemos esa capacidad única de no disfrutar de nada. Sufrimos de una impotencia lúdica contra la que, al menos yo, trato de combatir, pero tengo 33 años de constantes derrotas. Y sé, lo sé, que está mal. Pero no lo puedo cambiar por más que he tratado. 

No está bien ir por la vida refunfuñando del tráfico y maldiciendo a los meseros por no apurarse con mi orden. Y me contengo. Porque no hay coraje que mueva el tráfico, y porque no quiero que me escupan la comida. 

Pero es una vida que solía disfrutar, esto de ir odiándolo todo. Pero ya no. 

No soy un crío. Soy un adulto resentido que no puede exorcizar esos demonios infantes. Al menos no del todo. 

Dos años de terapia me ayudaron mucho, porque creería que de no haberlos recibido, estaría muerto. Pero quizás faltaron unos dos más para terminar de dar la vuelta a la página, a ese manual de la vida donde enseñan soltar la cuchara, y en donde se aprende a dejar de comer tanta mierda. 

martes, 28 de diciembre de 2021

Obligaciones

A la niñez no la extraño ni un poco. No comprendo como hay tanto hijueputa por la vida diciendo lo mucho que extraña vivir de la teta de los padres. ¿Acaso no sienten ni un poco de orgullo de haber salido adelante así sea poco? 

No me mal entienda. Aún hay cosas que de niño me producen nostalgia. ¿Eran tiempos más sencillos? Quizás. La verdad es que toda la vida crecí con obligaciones, por lo que llegar a adulto me emocionó de sobremanera, porque pensaba librarme de muchas. 

Lo que uno de niño no entiende es que hay cosas que estamos obligados a hacer porque, por alguna razón, nos toca vivir, y lo único que podemos hacer es tratar de estirar esta experiencia que llamamos vida lo más que podemos. ¿Es una obligación vivir? No lo sé. Tampoco le crea al cura si le dice que sí. Esa gente no sabe donde está parada. 

Quizás por eso es que hubo tanto alboroto ahora que, hace pocos días, la vacunación contra el COVID-19, ese virus cabrón que vino a jodernos la vida, se volvió obligatoria. 

No sé como alguien no se quiere vacunar. En serio. 

Hay quienes me han presentado argumentos que van desde los irrisorio, que la vacuna es un instrumento de control; hasta lo que me dan ganas de decirle "tienes razón con lo que dicen, pero igual, me parece estúpido". Porque crean o no, se puede tener la razón con argumentos estúpidos. 

Pero ahora es una obligación. Y de niño uno también podía no hacer caso. Podías dejar de hacer deberes, podías no ponerte la chompa cuando hacía frio y podías dejar la comida en la mesa, pero tenías que atenerte a las consecuencias. 

Y es horroroso ver al estado en papel de madre de niños malcriados, obligándole a sus crías a vacunarse. Es horrible porque, desde lo más profundo de mi ser libertinario (que no lo soy), la simple idea de la obligación me parece horrorosa. 

No por esto me deja de parecer aún más horrorosa la idea del que prefiere ir por la vida gambeteando con su salud, y no por el hecho de que no tenga el derecho a hacer con su vida lo que quiera (que es una de las cosas más bellas del occidente, la libertad), pero porque esa misma decisión que toma puede joderle la vida alguien más. Y no hay nada más hijueputa que eso. 

Andamos por la vida diciendo "es mi vida, mi elección", pero lo segundo el cierto, lo primero no. La vida nunca es nuestra, y en nuestro egocentrismo pensamos que somos dueños de ese amable y trágico fenómeno que llamamos "existir". La experiencia individual de la misma podrá ser de cada uno, pero el fenómeno no nos pertenece; y por ende, hay que tener cierta responsabilidad con la misma. (Perdón por el momento existencial) 

Porque "vivimos en sociedad", o al menos creemos, pero somos incapaces de cumplir obligaciones. Y acá no hablo de la vacunación, esa el la última de las obligaciones que no se van a cumplir; yo hablo de la necesidad de ser un buen ciudadano. Al menos eso se supone que es lo que nos heredó el judeo-cristianismo del que tanto vociferan algunos de los que más lloran por no ponerse la vacuna. 

Esa misma libertad de consecuencias de no cumplir con sus obligaciones es lo bello y terrible del occidente. Vemos naciones a las que yo más alababa, los gringos, ingleses y hasta alemanes, renegando de que no se quieren poner el único instrumento que tenemos para frenar a este puto virus. Y de ahí ya no se que pensar de la idea de la sociedad. 

En momentos como estos, sí, siento nostalgia de esos tiempos sencillos de niño, donde no había virus, y donde bien podía venir una mamá y en serio obligarle a su hijo a ponerse la vacuna. Y eso porque las mamás, al menos las que son buenas progenitoras, harán lo mejor para sus hijos. Incluso si no les gusta. 

Porque para ser adulto hay que ser responsable, y comer mucha mierda. Ser adulto es abrazar voluntariamente eso que no queremos hacer, porque es lo correcto: no pasarse la luz roja, comer sano hacer ejercicio, y, por supuesto, ponerse la puta vacuna.

lunes, 30 de marzo de 2020

El básico

Nadie crece, estudia o invierte con las ganas de ser recolector de basura. Nadie, ni los recolectores. Son esas profesiones que están ahí porque alguien debe hacerlas; son ese último eslabón en la cadena de profesiones, sin glamour, sin beneficios y sin anécdotas que se convierten en best sellers ni éxitos de taquilla.

Nadie sueña con ser cajero de supermercado. Ni los cajeros del supermercado. Es una de esas profesiones que está ahí, como pausa mientras algo más llega. Como peaje entre el desempleo y un trabajo del que puedas alardear en reuniones sociales. 

No creo que el sueño de un niño sea ponerse una tienda de barrio, levantarse cada madrugada a los mercados mayoristas a surtirse de productos con los que ganas centavos y que, en cada transacción de venta, el vecino que te las compra, te pide rebaja. 

Hay unos pocos que quieren ser policías, militares y/o agentes de tránsito;  carreras que suenan más bonito en guiones de películas que en la vida real. Son esas profesiones que todo niño de papi odia, porque imponen el orden; que detestan cada que le piden papeles pero a quien le reclaman si es que no les dan soluciones a su seguridad. Ellos, los agentes del orden, ganan más del sueldo básico, pero lo hacen poniendo su vida en juego todos los días, no solo en las crisis humanitarias.

Ahora que el mundo pareciera que está llegando al su fin, de nada sirve tener una maestría en diseño, ni ser influencer de moda y mucho menos reguetonero, que todos ganan bien; y el defensor de la humanidad es una personas con uniforme, detrás de un mostrador, que hubiese querido estudiar diseño. 

Lo increíble es que todos los que soñábamos con profesiones pomposas, de las que te permiten ser invitado VIP a cocteles sin sentido de revistas de mierda, estamos varados en nuestras casas (los que tenemos el privilegio de hacerlo), rogando porque todo mejore, y porque no dejen de recoger la basura los días que toca, clamando porque los supermercados no cierren, implorando que en las tiendas de barrio haya la comida necesaria, y que de paso, sea seguro, porque hay un agente del orden cerca, brindándote el alivio. 

La mayoría de profesiones que mantienen nuestro micro-ecosistema en pie, son las que ganan el básico. Esa profesiones de quienes todos los días cogen transporte público para llegar hasta su puesto de trabajo, esos trabajos que nadie sueña tener, son los que no mantienen cuerdos. 

Si es que esto acaba, y esperemos que sí, habrá que reflexionar sobre, a la larga y en los momentos más difíciles, quien realemente es básico para la sociedad. 

SPOILER ALTER: no lo son los atletas profesionales que ganan decenas de "básicos", y que se negaron a que, en época de emergencia, les reduzcan el sueldo. 

viernes, 20 de marzo de 2020

Lo que no hacía falta

Al quinto día de encierro descubrí que no sé cuanta sal llevan las comidas. La carne es lo que más me cuesta. Si no me queda un constrictor de papilas gustativas, me queda sin sabor.

Estos días, y los próximos, cocinar algo de gusto es mi mayor preocupación. Aún tengo el refrigerador lleno, pero las filas para entrar a comprar comida me producen una ansiedad que juré jamás experimentaría.

El dinero se me está acabando. El crédito que le di a mis clientes nunca me había pasado tanta factura. Y lo que más me apena, es a la gente a la que yo le debo. Bien apocalíptico el asunto.

Siempre creí que un escenario así era lo que necesitábamos (la humanidad), para entender todo lo que no es necesario. No pensé que yo iba dejar de ser útil tan pronto. Pero sí lo esperaba.

No va ni una semana de encierro de este lado del hemisferio, y en la abulia, me siento más inútil aún. No entiendo cómo han logrado sobrevivir los asiáticos que hoy leí, llevan 59 días aislados del mundo. Quizás es porque son más organizados y menos sociales.

Hace un poco más de 10 años conviví durante un curso de 18 días, lejos de casa, con varias nacionalidades; y los asiáticos, cumplían todos los estereotipos que pensé solo era un recurso barato de guión gringo: organizados, silenciosos y casi a-sociales. Encerrados en sus cuartos sin salir, ni siquiera a beber una cerveza, sino hasta que les tocaba ir a las charlas que todos debíamos asistir.

Quizás por eso se les hace más fácil estar encerrados. Más fácil digo, no fácil per se.

Todo ese maravilloso orden que llevo admirándole a los japoneses y esa disciplina de los chinos, es algo que nos hace falta por acá. Y mucho.

Nos hemos regocijado de esa incapacidad que tenemos como población de hacer caso y siempre andarle viendo las huevas al sistema, a ese mismo sistema al que hoy le venimos a pedir que nos rescate.

Pero en el encierro nos hemos dado cuenta que en realidad no nos hacen falta muchas cosas. El fútbol, por ejemplo. Millones de billones invertidos en una profesión que hoy no se puede jugar. Y que hayan dejado de jugar no ha contribuido en nada para mejorar las cosas. Solo para atenuar los problemas.

No nos hace falta tampoco andar llorando porque existen más de dos géneros, porque cuando se va a los hospitales, los doctores, que si nos hacen falta, no se van a pedirte tu opinión sobre si te consideras un unicornio, una refrigeradora o una persona.

Ironicamente los que se están quemando las cejas ahí afuera, son esos que siempre han ganado mal. Quien iba a pensar que cuando el mundo esté al borde del colapso, un master en diseño de empaques iba a importar menos que un cajero de supermercado.

No nos hacen falta tampoco tanto video de bromas idiotas en Youtube, y mucho menos más bailes pendejos en Tik Tok. Lo que sí sabíamos es que, en este escenario apocalíptico, un buen periodista es necesario, y no un lerdo que entrevista a estrellas porno en un podcast. La diferencia entre el primero y el segundo, además de sus ingresos, es que el segundo no tiene nada que aportar a una situación como esta.

De apoco vemos lo que en realidad no nos hacía falta. Nos vamos dando cuenta de que escoger es un privilegio tan frágil que siempre dimos por sentado.

Después vendrán más problemas, los económicos, y ahí veremos a otro poco de bobos que tampoco nos harán falta.

Ojalá, para entonces, ponerle sal a los alimentos, aún sea una opción, y no un lujo. 

lunes, 16 de marzo de 2020

Anticuerpos

A los británicos les debemos tanto: The Beatle, Oasis, el Punk, Harry Potter, el Señor de los Anillos y hasta el fútbol. No soy un hombre de ciencias, por eso solo puedo enumerar cosas mundanas. Cosas que para la supervivencia de la humanidad, no son absolutamente necesarias. 

Si hay algo que ellos, los británicos, siempre han sido, es pragmáticos. No tanto como los alemanes, pero igual, su forma de abordar problemas siempre ha sido directa, sin irse por las ramas. Tal y como funciona el mundo real, no el que nosotros, los que vivimos en sociedad, creemos que funciona. 

Esa alegoría de orden en el que vivimos se vio truncada hace un par de meses con el Coronavirus, que pasó de amenaza a pandemia con la misma velocidad en la que los chinos hacen hospitales. 

Y si bien, quienes entienden de la materia, los médicos, saben que esto es un virus que jode, no es tan letal como se lo anuncia, al menos no para la mayoría de la población. Es más contagioso que otros virus que también nos aquejan, pero no es el ébola. 

Por eso es que los británicos, liderados por el no tan brillante Boris Johnson, dijeron que se van a preocupar de su economía y no de sus enfermos. Que de ellos se encargue la selección natural. 

La lluvia de críticas al líder fue tal que se tuvo que "retractar" y empezar a considerar qué medidas tomar para apalear la crisis de salud en la que se encuentra sumergido su país, así como el mundo. 

Pero lo de Johnson, si bien indolente, es lo que la humanidad ha venido haciendo desde que se germinaron los primeros indicios de sociedad: dejar que los más débiles se mueran. 

Me decía un amigo médico que, milenios atrás, la gripe era una enfermedad mortal para los pre-humanos, pero que desarrollamos los anticuerpos para combatir el virus y ahora es una enfermedad que uno atraviesa sin mayor drama. (Aunque ahora he leído que si hay gente que se muere de gripe)

Él mismo, mi amigo médico, me comentaba que en África existe ya un reducido grupo personas que son resistentes al VIH. En este continente, donde este virus ha cobrado tantas vidas, empezaron a gestarse individuos a las que el VIH, que causó la enfermedad que mató a Freddy Mercury, les da cómo gripe. 

Ya he comentado este punto con mis amigos y siempre me juegan la carta de la abuela: ¿no te dolería que ella se muera? ¡Claro que sí! Solo saco a relucir que la naturaleza desde siempre ha escogido quien vive y quien muere, solo que ahora tenemos la capacidad de horrorizarnos. 

No tenemos anticuerpos para combatir este virus y algunos otros que vendrán en el futuro, y tampoco habrá anticuerpos para la crisis económica que se nos viene. 

Quizás los británicos, que se están acordando de la economía, seguirán en pie cuando este calvario termine. Ellos, que han sido imperio y prevalecido durante cientos de años, reinarán una vez más el mundo, y Harry Potter será religión. 

O puede que también todos se mueran y no jodamos. Quién sabe.

martes, 3 de marzo de 2020

Pandemia

Tengo una manía de visitar hospitales muy seguido. Hay un impulso dentro de mi que me lleva a temer por mi vida y correr a los brazos del primer interno de medicina que me quiera socorrer. Tranquilizar. Decirme que ese dolor en el pecho no es nada más que un gas, o que esa punzada en la cabeza es "cefalea tensional".

Hay un poco de decepción en el diagnóstico que viene acompañada de una paz sepulcral. Siempre termino sintiéndome un poco más tonto de lo que a diario me siento, después de saber que todo fue un terror sin fundamentos.

Ya tengo dos años tratándome esta hipocondría y las veces que visito "emergencia" en los hospitales, han disminuido sustancialmente. No con esto que he dejado de ir. Pero al menos ya me tocan doctores distintos cuando voy, y no el mismo interno que sabía que llegaba el nervioso de turno.

Por eso es que no tengo credencial social para andar juzgando a quienes corren a comprar una mascarilla ahora que el coronavirus llegó al país. Es más, entiendo ese pavor sin fundamentos del que son víctimas. Tampoco lo justifico, porque es bastante idiota, pero lo entiendo.

Porque la pandemia que nos aqueja a nosotros es esa estupidez que recorre cada rincón de esta nación. Esa incapacidad de escuchar y entender a quienes saben de lo que hablan. Yo sé que uno quiere a sus abuelas, pero ellas en serio creen que el mentol ese que se embarra en el pecho cura la gripe. Y a estas alturas de la vida, el que cree que la gripe tiene cura es un bruto.

Podríamos también decir que el miedo es una enfermedad aún más peligrosa que el mismo virus chino de turno, pero el miedo en sí no es tan malo, lo que pasa es que hay que tenerle miedo a lo que en serio hace daño para no andar creyendo que las mascarillas sirven como condón para filtrar el mal de moda.

Hay que entender las cosas. Entender es toda la cuestión; no andar tomando agua de vieja porque se escuchó por ahí que eso hace bien. Porque el día que un doctor no ponga cara de culo cuando le digan que una dieta alcalina cura el cáncer, podré tomar en serio esa afirmación.

Quizás en estos días le dé fiebre, porque eso es lo que nos ha dado los últimos 30 inviernos de los que he sido testigo, y quizás la rinitis alérgica haga de las suyas, y le dé tos, porque son los males de andar metido en la lluvia de estos meses. Y quizás por eso vaya a emergencia acompañado de todo un contigente de personas que lo quiere y, por supuesto, enmascaradas.

Allá quizás nos encontremos, en las camillas. Usted porque cree que tiene gripe china, yo porque creo que me va a dar un aneurisma. Los dos juntos, por la misma enfermedad: porque somos brutos. 

jueves, 17 de noviembre de 2016

Tirar la toalla

Me cansé. Me cansé de todo, de escribir, de beber, de nadar, de trabajar; me cansé de esperar, de soñar y de no viajar. 

Me cansé de cagarla, me cansé de enmendarla, me cansé de andar por la vida ahuevado, reclamándome a mí mismo cosas que no he ganado. 

Me cansé de los gobiernos, me cansé de los negocios, me cansé del servilismo y de servir. Me cansé de que la gente se pase la luz roja y del correo electrónico que me grita que tome taller y cursos para mejorar lo inmejorable. 

Me cansé de existir, de las deudas, de la insípida programación en la televisión. Me cansé de pagar, me cansé de cobrar, me cansé de la gente, del que pide y del que da. 

Quiero tirar la toalla. Pero estoy tan cansado que ni eso puedo hacer. 

Mañana estaré más cansado, y así hasta que el crédito, la vida y la conciencia, me haga la justicia divina que no creo, y a la que le reza mamá